Soliloquio que lleva a terrenos inexplorados en mi mente. Dejo que las palabras fluyan, pero no articulo oración. Un caballo en la montaña, pero ningún barco sobre la mar. Todo está trastornado porque no deseo pensar. Tiempos finales que no constituyen una realidad mundana que se hunde en prosopopeyas...
No entiendo mis deseos, por eso dejo correr las palabras, como un torrente que se esconde de mi imaginación, como un elefante que no me deja seguir adelante. Estoy cansado. He caminado mucho, sólo para no seguir adelante. Seguir adelante no tiene sentido en tiempos de guerra, muerte perdida por odios sin... anadiplosis. Se cortó el flujo de mis pensamientos.
Esto es un libro de lamentos, en el cual no pienso, pero existo, soy una falacia que no cree en ninguna especie de fábula. Pero de vez en cuando lloro de felicidad al saber el coufrolático destino de aquel lobo feroz y su hermosa doncella de piel blanca como la nieve, cabello negro como el ébano y labios rojos como la sangre. Vivo en un mundo que no me pertenece.
Es tiempo de terminar, pero ni siquiera he empezado. Estoy cansado, lo repito, pero tal vez no lo suficiente para dejar de escribir. Este es un experimento surrealista en el cual transcribo (o tal vez describo) las palabras que cruzan por mi mente de manera efímera. Araña y golpes en el piso. Un tres cuartos que nunca se acaba, porque son cinco cuartos. Y dos. Y gripe aviar. Un espectro sin gas mostaza, un libro y cinta adhesiva. No. No era así, creo que he perdido el rumbo, pero como nunca lo tuve tal vez tenga que parar AQUÍ.