A veces parece que el mejor lugar para escribir es un tren. Las palabras parecen fluir más cómodamente mientras el mundo se mueve a mi alrededor. Entonces puedo hundir mis pensamientos en la nieve. Soy prisionero de la termodinámica.
Estoy en un cuento de hadas que me ha superado, un promenade que se abstrae y deriva fuera de los cuadros de la exposición. La música es una metáfora de la vida. Pero es al mismo tiempo una ironía, puesto que las estructuras que la componen se esfuman entre mis dedos.
Y me rodea la nieve a modo de blanca armonía. Hoy no me siento un ser absoluto. Hoy puedo disfrutar de la nieve sin tratar de componer el mundo en una línea. Tarea inacabable y sin sentido. Imagino (¿Calculo acaso?) las posibilidades semánticas de las palabras. Hoy no estoy cantando bajo la lluvia, ni venerando una vana venganza desnuda ante la vanidad de mi voz. Civismo de tradición latina, de incógnito en tierras germanas.
Sensibilidades maceradas por una paciencia violenta. Siento una dulce rabia fluir por mis dedos, mientras imagino la nada cubierta de nieve. Mi superyó está dormido, por lo que no distingo la frontera entre mi conciencia y mi inconsciencia. Observo la inmensidad del paisaje, un horizonte escondido entre la neblina. Montañas que guardan secretos. Un tesoro inalcanzable para mi imaginación. Supongo entonces que el paisaje está en mi menor. Y así puedo describir con mayor habilidad la nada que compone mis pensamientos con un laconismo armónicamente completo.
Hoy no puedo esbozar metáforas humeantes, fantasías pertenecientes a estados psicotrópicos. Hoy mis musas duermen. O tal vez contemplan la nieve. Y sonríen.