Escribo una cadena aleatoria de palabras que no puede en realidad serlo porque estoy sujeto a una serie de reglas gramaticales, que inconscientemente moldean la estructura de mi pensamiento. Podríamos verlo como una variable aleatoria que produce cadenas de caracteres concatenados bajo un código denominado español, que genera símbolos semióticamente blancos transmitidos por un filtro epistemológico de respuesta al impulso finita:
Espada, escarabajo, nariz y fonema, así, no, después y fatal. Gremio, cofradía y veloces cangrejos. Sueños que perdidos, contentos están. El cuarteto ejecuta manzanas en do mayor, con voces de nieve, amargo fulgor.
Las bodas químicas, el hierro y la hiel, las rimas que gozan sin miedo a caer. Dos mirlos, estrellas y teclas. Mañanas de niebla, ahogadas sonrisas.
Y tal vez en el fondo de la montaña, o en la cima del mar se encuentra una niña de cabellos dorados que muere al ocaso del día...