miércoles, 17 de octubre de 2012

Eolofonía


Tal vez sea mi falta de inteligencia visual, pero me sorprende que la luz y el sonido puedan ser analizados matemáticamente de forma prácticamente idéntica. De pronto empiezo a creer que mi visión mecanicista del universo es efectivamente estrecha. Es entonces cuando el Plan comienza a formarse en mi cabeza. Sin embargo, me limito a ser el director del Departamento de Tripodología Felina: Parece que solo siendo redundante y repetitivo pueden surgir ideas innovadoras. Desearía, no obstante, poder entregarme con pasión a las artes herméticas, ser víctima de una epifanía o ser poseído por el espíritu de mis (hipotéticos) ancestros chamánicos, hundirme en rituales místicos para tener conversaciones con entes preternaturales en planos ultraterrenales, las apoteosis gloriosas de los homúnculos, acceder al arcano misterio. Porque las conexiones rosacrucianas están en el arte esotérico de las bodas químicas, cuyo alquímico secreto es ser parte de una película. Tal vez en algún posible universo soy Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón. ¿Podría ser que  exista un universo donde el mundo esté moldeado a mis deseos? Me siento envuelto en un mar de abismos insondables ( A sea of holes!) en busca del mar verde que me lleve a Pepperland (¡¿Agartha?!). Meditación mística que me transporta a las esquinas más recónditas de mi imaginación. Entonces me doy cuenta que ya no pienso con mis propias figuras, si es que alguna vez lo hice, y esa es la maravilla de la ficción, como combinatoria de íconos, índices y símbolos. Y otra vez me pierdo en laberintos semióticos: tiendo a pensar que la música es una construcción arquitectónica, una serie de reglas gramaticales... 

Y de pronto recordé todo con maligna nostalgia. No soy Sam Spade sino Rick Blaine, esperando, perdido eternamente entre las delicias armónicas de una renovada cultura posmodernista. Siempre tendré París (o la Ciudad de México, que para el caso da lo mismo). En ocasiones quisiera poder hablar de lo que  no he visto. Sufro de evocaciones a un pasado inexistente, como fantasmas que tocan jazz y juegan con shinigamis a decidir el destino del mundo. No soy el último hijo de Krypton. Tal parece que mi pluma está varada, y que los ríos de tinta fluyen en dirección contraria.  Y quizá todo suceda porque en alemán hay una z de diferencia entre limpio y mágico. 

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