jueves, 7 de febrero de 2008

Cuento

El tiempo no cede, y en su inexorable búsqueda del movimiento perpetuo alienta las llamas perennes del fatídico exordio…Cuentan las leyendas que en un país muy extranjero se hallaba una selva, en cuyo corazón se hallaba un magnífico tesoro… Sin embargo, nadie en su cabal juicio podría haber dicho en qué consistía, pero la imaginación del hombre llevó a imaginarse riquezas infinitas: oro y piedras preciosas, tal vez el yelmo de Mambrino o la espada de Amadís, quizá la sabiduría de Aristóteles, la fuente de la eterna juventud o el Santo Grial…

Más de un valiente se había internado en la profundidad de la selva con el objetivo de encontrar el tesoro: caballeros de brillantes armaduras, con sus poderosas armas de batalla, escuderos y corceles; clérigos que cargaban sus toneladas de hechizos, rituales y fe; duques, condes, marqueses, príncipes azules. rojos, verdes y amarillos; ogros y gigantes, íncubos y súcubos, blancas princesas de porcelana, apasionadas doncellas (y otras no tanto), duendes, brujas, charlatanes e ilustrados…

Pero ninguno había regresado…

Algunos creen que sucumbieron sus fuerzas y perecieron, por lo que consideran la selva un gran cementerio; otros, por su parte se inclinan por la idea de que viendo su fracaso, retornaban nuevamente, pero con el alma tan demacrada y la sonrisa tan sombría que eran irreconocibles, hasta por ellos mismos; Algunos más, como yo, creemos que se convertían en traviesos simios, que entorpecían las caravanas de los buscadores del tesoro, logrando así, que estos en su desesperación y agonía emprendieran la metamorfosis a simios… Y es así, como miles de años cubrieron al tesoro: miles de sonrisas, atardeceres y lánguidos deseos…

Cierto día, un hombre que tenía como mayor ambición la aventura, y el espíritu emprendedor del que no tiene nada que perder decidió enfrentarse a la selva… Armado únicamente de su paciencia y perseverancia entró al vasto universo oscuro y tenebroso, aterrador por algunos momentos y sublime: etéreo y mundano.

La travesía incluía cruzar ríos, y pantanos, caudalosos senderos de muerte y destrucción, pero también de vida y felicidad; inmensos valles, habitados por espectros de la tristeza, los cuales alargaban sus frías manos en busca de la felicidad que les fue negada; oscuras tempestades, y entonces parecía que el firmamento quería tragarse a la tierra…Además de los simios

Muchas veces nuestro héroe temió perder su vida, ahogado en las violentas aguas de la desesperación, el odio y la ira que hallaba a su paso; parecía que una tormenta cargada y culpable llenara su alma de agonía. El éxtasis del amanecer se disolvía lentamente con el paso de las pequeñas olas del mar de los tiempos, que amenazaba los días, y hora a hora mostraba su faz desolada…

El llanto de los espectros imploraba por sangre, muerte y fatalidad, el veneno de la codicia parecía infectar todo a su paso, tarántulas, serpientes, arpías y lamias. Parecía que el sol tenía miedo de iluminar los parajes sombríos. Había frío y todo era oscuridad… Y además estaban los simios.

Un cementerio de esperanzas y buenos deseos estaba sepultado bajo los ríos de lava que corría irrigando una vida ancestral: demiurgos que juegan en un paraíso de sed… Pero Él no se rendía… Caminaba infatigable, soportando tormentos dignos de cualquier círculo del infierno de Dante, y aún, de los paraísos atormentados que imaginaba Mahler en sus sinfonías… Había un llanto tan hermoso, que corroía hasta la imaginación y embelesaba los instintos innatos del asesino. Era hermoso y aterrador, doloroso y, sin embargo, tentaba las almas hacia un destino fatal…

Muchos años pasó nuestro héroe, y llegó el momento en que sus fuerzas flaquearon. Se tiró desvanecido, aceptando su muerte. Fue entonces cuando distinguió entre las sombras una luz. Se encontraba en lo alto de una montaña que se alzaba en el horizonte…Y con ánimos renovados corrió por los acantilados, los pantanos y las llanuras. Sabía que toda su vida se había preparado para encontrar ese tesoro. Y fue cuando llegó a la montaña.

Era alta, llena de riscos, y estaba totalmente congelada. Subirla parecía imposible, pero eso era justamente lo que hacía a nuestro héroe soñar. Que era imposible…Recordando algunos versos yámbicos que había escuchado en su niñez empezó a escalarla…

Parecía que su vida entera estaba en ello. La fuerza de la voluntad lo hizo escalar la montaña durante infinitos años, pero no le tomó ni un segundo llegar a la cima…Al llegar cerca de su objetivo, percibió un aroma etéreo: un hálito de esperanza, como néctar de los dioses, y una luz que encegueció sus ojos, pero no por mucho tiempo… Desde la cima se podía ver el amanecer…

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