jueves, 7 de febrero de 2008

Vaniloquio

No puedo levantarme... ¿Sueño acaso? No creo. El sentimiento se hace tan grande, que extingue hasta el último ápice de mi fuerza. Si acaso fuera de mañana, si acaso tuviera oportunidad de abrazarte… Pero las probabilidades son tan escasas, alígeras y vanas. Sinrazones las llamaría el estigma salvaje. Una humilde oscuridad. Y otra vez mis músculos me detienen en el exordio de la agonía: un discurso sordo, vano, cansado y triste que acelera su marcha haciéndose incontenible.
Veo deambular sombras en el espacio inerte de mis pensamientos; sombras que algún día fueron pasiones arrojadas, chispeantes; sombras que me entristecen cual esfera luminosa en la senda guerrera de Marte. Y la nada, ante todo, la nada, espectro que sigue las danzas sencillas de los enamorados en tinieblas abismales y retóricas del tabernáculo ezquerdeado.
Éxtasis de vaniloquio es mi silogismo, y la poesía que emana de tu ínclita sonrisa destierra mis lascivos pensamientos en aras de mi natural agotamiento. Un día al fusionarnos veremos al púrpura recitando deliciosos versos yámbicos en honor a Palas Atenea, mientras el espíritu se eleva hasta el resplandor callado y consustancial del éter rosado.
Te describe la música que llena mis sentidos, los hiperbatones sentenciados al seguir la naturaleza; la palabra en tinta que se refiere al ser omnipotente, el verbo y la gracia, el poder del amor… El océano inmenso que invierte el dorado ocaso en componer himnos espondeos, las pasiones oníricas, el cosmos.
Y al final… añado trozos, en el proscenio de mi vida, cohobándola con dulces compañías como la tuya…

¡Caerán primero los nimbados ángeles, y el hálito se transmutará en tormentas, pero el excelso canto transformado en orobias irá en pos de las ojivales cúpulas de tu yo!

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